El Códice Calixtino, candidato a la ‘Memoria del Mundo’ de la UNESCO

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El Códice Calixtino, robado a comienzos del julio del año 2012, de su lugar de custodia en el archivo de la Catedral de Santiago de Compostela y recuperado justo un año después, es uno de los manuscritos medievales más importantes del patrimonio archivístico español. Su valor es triple: en cuanto obra de arte por las miniaturas que contiene y por la antigüedad del manuscrito, en cuanto texto histórico para el estudio de la música y las leyendas del siglo XII, y en cuanto texto simbólico para Galicia, para Santiago y para los miles de peregrinos que cada año hacen el Camino.

A mediados del siglo XII, el arzobispo Diego Gelmírez, que lo fue de la diócesis de Santiago entre 1100 y 1139, ordenó componer un libro en pergamino que contuviera todas cuantas noticias de interés se conservaran sobre el apóstol Santiago y su relación con Compostela.

El viaje del cardenal

Compuesto por más de doscientos folios, el Códice Calixtino, llamado así en honor del papa Calixto II (1119-1124), el pontífice que elevó a Compostela a la categoría de archidiócesis y que visitó la catedral como cardenal en 1118, se compone de varios libros a su vez. La mitad del códice, iluminado con miniaturas de notable valor artístico, contiene himnos litúrgicos, composiciones musicales y sermones para el rito eclesiástico, y la otra mitad copia una crónica con relatos fabulosos de las batallas del emperador Carlomagno en Hispania, varios «milagros» atribuidos a Santiago el Mayor en la Europa del siglo XII, dos leyendas sobre la traslación en una barca de piedra del cuerpo de Santiago desde Jerusalén hasta Compostela por sus discípulos, y la llamada Guía del Peregrino, un relato en dieciséis folios que ha suscitado el interés de los historiadores del arte.

La Guía del peregrino contenida en el Códice Calixtino la firma un clérigo llamado Aimeric Picaud, un monje francés de la orden de Cluny, que la escribió entre 1135 y 1138 en un segundo viaje a la tumba del Apóstol. El primero lo realizó en 1118, acompañando al cardenal Guido de Borgoña, futuro papa Calixto II. Este relato está considerado como la primera guía de viajes del Camino de Santiago. Aimeric Picaud indica que el apóstol Santiago (el Mayor) es el hijo de Zebedeo y el hermano de san Juan.

En ella, el monje cluniacense describe cuáles son los principales santuarios y las más destacadas reliquias que un peregrino se va a ir encontrando en el camino desde Francia hasta Compostela, y también una descripción y una valoración de las distintas gentes y pueblos que se va a encontrar el viajero, constituyendo así una especie de manual de peregrinos.En algunos párrafos la Guía del peregrino previene al caminante de los peligros que le pueden acechar en la ruta, pero también le informa, a modo de una especie de guía etnológica, de las costumbres de los pueblos que viven en las comarcas que atraviesa, como los gascones, a los que califica de «parlanchines, burlones, comilones, desastrados…», y los navarros y los vascos, a los cuales tilda de «feroces, ladrones, bárbaros, lascivos y zoófitos», sin tapujos. Por ejemplo, de los navarros dice que «fornican con sus mulas y sus yeguas como con sus mujeres y besan indiscriminadamente a unas y otras en la vulva».La catedral compostelana Las últimas páginas de la Guía están dedicadas a la catedral románica de Compostela, ya construida en 1139, en cuya descripción el monje cluniacense se detiene con detalle.

La narración de Picaud es muy interesante porque cuenta cómo era la catedral y sus portadas en 1139. En esa fecha el famoso Pórtico de la Gloria no existía, pues se labró a comienzos del siglo XIII. En su lugar se alzaba una serie de figuras que representaban la escena bíblica de la Transfiguración de Cristo en el monte Tabor, un episodio relatado en los Evangelios; esta escena estaba escoltada por estatuas que representaban a los poetas Moisés y Elías, además de los apóstoles Pedro, Santiago el Mayor y Juan, los tres únicos discípulos que la presenciaron.La excepcionalidad de esta Guía, que no es la primera ni la única de este tipo que se escribió en la Edad Media, radica en que es la primera que describe el Camino de Santiago y su final. A pesar de que en la Edad Media cualquier viaje constituía un peligro y quienes viajaban eran pocos -aventureros, soldados de fortuna, mercaderes, reyes y nobles-, los que lo hacían solían desplazarse con frecuencia. Por ejemplo, las cortes reales eran itinerantes y los monarcas solían pasar buena parte de su vida desplazándose de un lado a otro de sus dominios.

De ahí que algunos viajeros escribieran relatos de sus viajes, más o menos fantasiosos, para dejar constancia de que habían hecho algo maravilloso e inusual. Il milione, el libro en el que se relatan los viajes del mercader veneciano Marco Polo en la segunda mitad del siglo XIII, es tal vez el más conocido, pero existen otros libros de viajes no menos destacables.

El judío Benjamín de Tudela (1130-1173), tal vez rabino o hijo del rabino de la sinagoga de esta ciudad de Navarra, dejó escrito un relato de su viajes, conocido como Libro de viajes, en el cual relata sus peripecias durante una década por el Mediterráneo y Arabia, visitando numerosas juderías en unas 190 ciudades que habitaban sus correligionarios en el siglo XII.Lo mismo hizo el musulmán Ibn Battuta (1304-1369), nacido en Tánger, que realizó un largo periplo de veinticuatro años de duración a lo largo de todos los países dominados por el islam en el siglo XIV, visitando Siria, la India, Arabia, el Yemen y el norte de África.

Este viajero llegó hasta el santuario de la Kaaba, en la ciudad árabe de La Meca, donde se custodiaba la mayor reliquia del mundo musulmán, la piedra negra caída del cielo que todo musulmán tenía obligación de visitar en peregrinación al menos una vez en la vida -lo que, evidentemente, solo podían hacer unos pocos. Los monjes cristianos Francisco de Rubroek y Juan Pian del Carpine detallaron en largos relatos sus experiencias de sendos viajes que realizaron en la segunda mitad del siglo XIII al Imperio del Gran Kan de los mongoles, describiendo las costumbres y tradiciones de este pueblo centroasiático que conquistó medio mundo en tiempos del emperador Gengis Kan.

Suculentas noticias

Todos estos libros de viajes son extraordinarios y cada unos de ellos aporta suculentas y muy interesantes noticias para el conocimiento del mundo en el que vivía la gente de la Edad Media, que no tenía otro medio de conocer lo que había más allá del horizonte de su pueblo que los relatos de juglares y viajeros que pasaban por la plaza de sus aldeas. Pero la Guía del peregrino presenta una excepcionalidad que la hace única. Aimeric Picaud escribió un relato con el que quiso enseñar a los futuros peregrinos la mejor manera de hacer el camino a Santiago.

Por ello, no solo cuenta las etapas de la ruta, los santuarios, iglesias y monasterios y las reliquias que contienen para que los peregrinos que acudan a ellos ganen indulgencias, sino que da también consejos prácticos a los que se lanzaban a la peligrosa aventura de recorrer la ruta que marcaban las estrellas (la Vía Láctea) hacia la tumba del primer apóstol en ser martirizado, y cuyo sepulcro, gracias a una magnífica campaña de propaganda orquestada por el obispo Teodomiro en el siglo IX y magnificada por el arzobispo Gelmírez en el XII, se convirtió en uno de los principales centros de peregrinación del mundo cristiano.Compostela, «el campo de la estrella», se erigió así en el punto final de un camino de peregrinación en el cual los seres humanos encontraron un objetivo a alcanzar, allá en el extremo occidental del mundo, donde decían los libros que se acababa el mundo, en el fin de la tierra, en Finisterre.

Fuente: Diario El Mundo