Un año más, fieles a la tradición, realizamos nuestra ya clásica subida a la Virgen de la Cabeza.
En esta ocasión fuimos 47 peregrinos los que, desde bien temprano, nos pusimos en camino con la ilusión de compartir naturaleza, esfuerzo y convivencia.
La mañana nos recibió con una temperatura ideal para caminar. Sorprendía la claridad del amanecer; apenas había penumbra cuando comenzamos la marcha. En otros años iniciábamos el camino casi en completa oscuridad y era el sol quien, kilómetros más adelante, comenzaba a asomar tímidamente por el horizonte.
Durante toda la ruta hubo dos protagonistas indiscutibles: el agua y el verde.
Tras tantos días de lluvia, la sierra se mostraba en todo su esplendor.
El agua brotaba por todas partes formando pequeños arroyos que acompañaban nuestro caminar, riachuelos que nacían entre las piedras y veredas que, en algunos tramos, se habían transformado en auténticos arroyos que dificultaban el paso.
La lluvia no tardó en hacer su aparición y durante casi dos horas y media nos acompañó sin descanso. Ponchos y paraguas se convirtieron en nuestros compañeros de camino, mientras el repiqueteo constante de las gotas marcaba el ritmo de la marcha.
Ese sonido, casi hipnótico, rompía el silencio del monte.
El paisaje estaba espectacular. Quejigos de un verde intenso, el suelo cubierto por un manto de hierba que parecía recién cortada y el aroma inconfundible de la tierra mojada llenando el ambiente. Todo parecía indicar que la propia naturaleza también disfrutaba de nuestra presencia.
Con el paso de las horas, el día comenzó a abrirse. La lluvia dio tregua, apareció el sol y poco a poco fueron desapareciendo ponchos y prendas de abrigo.
Entonces, a lo lejos, comenzó a adivinarse el Cabezo, que al inicio de la jornada la niebla nos había ocultado.
Como colofón a la jornada, compartimos una magnífica comida en el Restaurante El Buen Gusto, momento perfecto para comentar anécdotas del camino, compartir risas y seguir disfrutando de la convivencia que siempre acompaña nuestras rutas.
Y, por supuesto, no podía faltar la visita a la Virgen, un momento especial que puso el broche final a un día lleno de naturaleza, esfuerzo compartido y amistad.
Una jornada más que se suma a nuestra memoria colectiva.
“Porque hay tradiciones que no se explican… se viven. Y nosotros ya estamos deseando volver a caminar para decir, una vez más:
¡Viva la Virgen de la Cabeza!



































